¿Eligió Dios a quién iba a salvar?

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«Si Dios no hubiera actuado primero, nadie hubiera sido salvo». -R.C. Sproul 

Hace un año y medio, me habría opuesto a la creencia que ahora llevo en mi corazón, y es esta: Dios escoge a aquellos que él salva. Hoy, concuerdo con A.W. Pink, quien argumenta que, «reducido a simples términos, la elección significa que Dios me escogió antes que yo le escogiera a él». Como Pink argumenta, la razón por la cual esta doctrina es tan detestada por la humanidad es debido a que la doctrina de la elección «no hace nada de la criatura y todo del Creador; sí, en ningún otro punto la enemistad de la mente carnal es tan descarada e intensamente evidente».

Dios escogió exactamente a aquellos que él salvaría antes de la fundación del mundo. La reacción instintiva de muchos evangélicos de hoy en día sería: «¡¿Qué?! ¿Por qué un Dios bueno no salvaría a todos?». La pregunta que deberíamos realmente hacer a la luz de nuestra radical pecaminosidad es: «¿Por qué un Dios bueno salvaría a cualquier persona?». En primer lugar, nunca deberíamos imaginar ni por un momento que alguien tiene derecho a la gracia. Nadie merece ni es digno ni tiene derecho a un poco de gracia en absoluto. Si fuera así, ya no sería gracia (Romanos 11:6). Dios no está obligado a perdonar ni a un solo pecador; sin embargo, su gloriosa gracia ya ha hecho que innumerables pecadores no solo sean perdonados, sino adoptados como sus preciados hijos e hijas por toda la eternidad. El costo por salvarlos fue alto; él compró a sus elegidos con la preciosa sangre de Jesucristo. Pablo describe el gran amor que Dios ha mostrado a sus elegidos en Romanos 8: «¿Quién puede venir en contra de los escogidos de Dios?… ¿Quién nos puede separar de su amor?» (8:33, 35). Acerquémonos entonces a este asunto con humildad y gratitud, sabiendo que somos recipientes de insondable misericordia y gracia, y que no estamos en posición de cuestionar o criticar a Dios, que nadie jamás diga que él es injusto.   

Pablo escribió en Efesios que «Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad» (Efesios 1:4-5). En Apocalipsis, Juan escribe que los nombres de los elegidos estaban «escritos antes de la fundación del mundo en el libro de la vida del Cordero que fue sacrificado» (Apocalipsis 13:7-8). Aquellos cuyos nombres están «escritos en el libro» serán salvos. Como creyentes, podemos concluir de estos dos pasajes que Dios nos ha amado desde la eternidad pasada y conoció nuestros nombres incluso antes de la creación. La famosa canción de Christina Perri “Te he amado por miles de años” es patética y suave en comparación con el amor que Dios ha mostrado a sus hijos. Pero ¿qué hay del obvio hecho de que no todos los nombres están escritos en esa lista? ¿No ha escogido Dios realmente salvar solo a algunas personas en esta Tierra? Discutamos esto.   

Tenía miedo de estudiar este asunto, probablemente porque estaba asustado de adónde me llevaría. Sabía que creer en la predestinación resultaría en creer que Dios ha escogido salvar a algunos y a otros no. Creo que me resistí tanto porque en mi corazón, hasta cierto punto, creía que todos merecíamos la gracia o que todos teníamos que tomar la decisión de «permitir» que Dios nos convirtiera. No me di cuenta de que Dios soberanamente no está limitado por el libre albedrío del hombre. Creía que mi salvación descansaba en mi decisión de escoger a Jesús o algo como eso. Pero ¿podría haber sido cierto que todo este tiempo nunca tuve autonomía sobre mi vida y destino? Sí, definitivamente. Y gracias a Dios no lo hice. Si Dios no hubiera intervenido y hubiera dependido de mí, nunca habría venido a Cristo y no estaría escribiendo esto ahora mismo. Somos incapaces de seguir a Cristo hasta que Dios obra en nuestro corazón. El Señor Jesucristo declara en Juan 6 que: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió, y yo lo resucitaré en el día final» (Juan 6:44). «Todos los que el Padre me da vendrán a mí; y al que a mí viene, no lo rechazo» (Juan 6:37). Él también declara que: «Y esta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el día final» (Juan 6:39). Cuando Cristo predicó, aquí la soberanía de Dios en la salvación, «Entonces los judíos comenzaron a murmurar contra él» (6:41) y «Desde entonces muchos de sus discípulos le volvieron la espalda y ya no andaban con él» (Juan 6:66), quedando solo él y los doce discípulos. Estos versículos dejan claro que:

  1. La doctrina de la soberanía de Dios en la salvación sería importante incluso si Cristo no hubiera hablado de ella en los evangelios, pero obviamente porque Cristo mismo la predicó, y estuvo dispuesto a perder seguidores por eso, podemos saber que esto le importa y, por lo tanto, nos debería importar a nosotros. Esta gloriosa verdad no fue inventada por Juan Calvino o R.C. Sproul, sino predicada por nuestro Salvador mismo, y está registrada a través de toda la Biblia, (si no estás de acuerdo conmigo, lee el libro del Dr. Steven Lawson, “Fundamentos de la Gracia”, donde él va desde Génesis hasta Apocalipsis mostrando cómo toda la Biblia defiende la soberanía de Dios).
  2. No tenemos ninguna esperanza y no podemos «venir a [Jesús] a menos que el Padre nos atraiga hacia él» (versículo 44). 
  3. «Todo lo que el padre le da [a Jesús]» terminará viniendo a él, (37, 39). El llamado de Dios a los pecadores a la fe es eficaz. Él verdaderamente es poderoso para salvar.
  4. El 100% de las personas que Dios escogió antes de crear el mundo, vienen a Cristo y él no perderá a ninguno de ellos (37, 39). «Nadie puede arrebatarlos de la mano del Padre…» (John 10:29). 
  5. Esto puede ofender a algunos, de hecho, «Cuando muchos de los discípulos lo oyeron, dijeron: Esta es una enseñanza difícil; ¿Quién puede aceptarla?» (6:60). Este tema trae división (66). Es ofensivo y controversial, siempre lo ha sido (41).

Si bien ofendió a algunos y ofenderá a muchos, no hace lo que Cristo dijo menos cierto, y no debemos nunca disculparnos por la soberanía de Dios. Pablo celebra cómo Dios es quien nos salva desde el principio hasta el fin: «Pues Dios conoció a los suyos de antemano y los eligió para que llegaran a ser como su Hijo, a fin de que su Hijo fuera el hijo mayor de muchos hermanos. Después de haberlos elegido, Dios los llamó para que se acercaran a él; y una vez que los llamó, los puso en la relación correcta con él; y luego de ponerlos en la relación correcta con él, les dio su gloria» (Romanos 8: 29-30). Los teólogos llaman a este pasaje “La Cadena de Oro”. Es inquebrantable y ninguno de los elegidos de Dios predestinados y conocidos se pierde. Conocido aquí no significa que Dios tenía conocimiento de lo que las personas iban a hacer y luego actuó en consecuencia, sino que Dios eligió a estas personas por misericordia y puso su amor en ellas. Todos los conocidos por Dios son regenerados, justificados, santificados y glorificados, y Dios es quien lleva a cabo cada paso. El 100% de las personas que Dios conoció y predestinó terminan en gloria.

Nuestro Salvador hace la elección de la verdad más indiscutible y clara en Juan 15 cuando declara que: «No me elegiste a mí, pero yo te elegí a ti y te nombré que debías ir y dar fruto y que tu fruto debería permanecer …» (Juan 15:16). Por lo tanto, si eres un creyente, no puedes tomar crédito por ello. Deberías agradecerle a Dios que tus ojos han sido abiertos. Ahora, ¿Dios nos eligió porque somos mejores que otras personas? Absolutamente no: 

Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse. Pero gracias a él ustedes están unidos a Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría —es decir, nuestra justificación, santificación y redención (1 Corintios 1:27-30). 

Dios no solo elije quién será salvado, sino que es Dios quien realiza el acto de salvación, sin dejar lugar para que nadie se jacte: «Entonces, no depende de la voluntad o del esfuerzo humano, sino de Dios, que tiene misericordia» (Romanos 9:16). Nuestras buenas obras son como trapos sucios (Isaías 64: 6). Por lo tanto, de ninguna manera podemos ganarnos el camino hacia Dios ni hacer nada para apaciguar su justa ira. De hecho, «Porque por las obras de la ley, ningún ser humano será justificado a su vista…» (Romanos 3:20), nuevamente, «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte»  (Efesios 2: 8-9), y nuevamente  «Y, si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia» (Romanos 11: 6). Cuando un grupo de hombres se sorprendían por algunas de las enseñanzas de Jesús acerca de la salvación, le preguntaban «¿Quién puede ser salvo?» (Mateo 19:25). Jesús «los miró y dijo: “Para el hombre esto es imposible, pero para Dios todo es posible”» (Mateo 19:26). Nuestra salvación depende de Dios, no por quiénes somos o lo que hacemos.

Nuestra salvación no puede depender de nada de lo que hagamos, ni siquiera de una decisión propia. Debe descansar solo en Dios y en su voluntad. No podemos hacer nada bueno sin la gracia de Dios: «Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios» (Romanos 8: 8). No podemos agradar a Dios hasta que hayamos nacido de nuevo y, por ende, no podemos creer o seguir a Jesús hasta que hayamos nacido de nuevo: «Pero a todos los que lo recibieron, que creyeron en su nombre, les dio el derecho de convertirse en hijos de Dios, que nacieron, no de sangre ni de la voluntad de la carne ni de la voluntad del hombre, sino de Dios» (Juan 1: 12-13). Los que «lo reciben» deben nacer de Dios, y eso no sucede por «voluntad del hombre, sino de Dios». Por lo tanto, no elegimos nacer de nuevo. Lázaro obviamente no pudo seguir a Jesús hasta que Jesús lo resucitó. No escogemos creer en Jesús y luego nacemos nuevamente, sino que nacemos de nuevo y luego escogemos creer en Jesús. Ninguna persona que no haya nacido de nuevo tiene la voluntad de recibir a Cristo hasta que nazca de nuevo. ¿Cómo pueden argumentar que un esclavo del pecado que está muerto espiritualmente es libre de aceptar el Evangelio cuando «los que están en la carne no pueden agradar a Dios» (Romanos 8: 8)? ¡Es imposible! La Biblia deja en claro que un pecador que no ha nacido de nuevo no puede aceptar o comprender las cosas de Dios: «El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No pueden entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente» (1 Corintios 2:14). Por lo tanto, aquellos que reciben a Cristo ya han nacido «de Dios». Jesús le deja esto claro a Nicodemo:

De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo[a] no puede ver el reino de Dios —dijo Jesús…  Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios —respondió Jesús—. Lo que nace del cuerpo es cuerpo; lo que nace del Espíritu es espíritu (Juan 3:3,5-6). 

Cuando comprendemos la increíble verdad liberadora de que Dios es soberano en la salvación, deberíamos convertirnos en las criaturas más humildes del planeta y darnos descanso. No hay nada que hayamos hecho para ganar el amor de Dios, y no hay nada que podamos hacer para perderlo. Como hijos adoptivos de Dios, estamos absolutamente seguros en sus brazos para siempre. Tal vez no estás convencido y niegas creer algo que te parece tan poco amoroso, o tal vez piensas que sería inmoral o injusto que Dios elija salvar a unos y condenar a otros. En Romanos 9, Pablo afirma audazmente que Dios: «Tiene misericordia de quien quiere, y endurece a quien quiere» (Romanos 9:16). Dios es Dios, y él es libre de salvar a quien quiera. Cada persona en el infierno merece estar allí, y especialmente porque el infierno es donde todos merecemos estar, no tenemos ningún derecho de interrogarlo o acusarlo blasfemamente de ser injusto. Aun así, nuestros corazones retorcidos y orgullosos están inclinados a hacer exactamente esa cosa miserable. Pablo incluso escribe que: «Pero tú me dirás: “Entonces, ¿por qué todavía nos echa la culpa Dios? ¿Quién puede oponerse a su voluntad?”» (Romanos 9:19). Aquí está su respuesta:

¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? ¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: “¿Por qué me hiciste así?” ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios? ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción? ¿Qué si lo hizo para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria? Esos somos nosotros, a quienes Dios llamó no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles (Romanos 9:20-24). 

 

Dios es Dios y nosotros no. Nuestro principal objetivo es glorificarlo y disfrutarlo para siempre. Este pasaje nos deja claro que Dios será glorificado en nuestra salvación por su misericordia hacia los pecadores, o en nuestra condenación por su justicia hacia los pecadores, y eso depende de él, «el alfarero», hacer lo que le plazca. Que Dios nos prohíba blasfemarlo, acusándolo de ser injusto. Nadie merece gracia, los elegidos tienen misericordia, los condenados reciben justicia y Dios no es injusto con nadie. A menos que todos merezcamos estar en el cielo, no tenemos motivos para decir que las elecciones fueron injustas. Tampoco usemos con arrogancia este glorioso tema para debates tontos ni evitar creer y estudiar esta verdad por ira o miedo; en vez de eso, que todos le alabemos y le agradezcamos a nuestro Dios con lágrimas en los ojos por haber escogido a viles pecadores como nosotros para ser redimidos por la sangre de Jesús, así también asombrémonos cuando lleguemos a conocer a nuestro asombroso Dios cada vez más.

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