Los Creyentes en la Peste Negra y en el Coronavirus

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Una vez más podemos ver que la tarea de la iglesia no es de llenar templos, que ésto va más allá de una religión y que las pruebas son para el cristiano una escuela de fe en lo que va conociendo y experimentando las promesas que como heredero se le han otorgado.
Ante tal situación en la que actualmente vivimos, nos hemos encontrado con varias pruebas en la que nuestra fe debe ser puesta en práctica. Ya no nos congregamos, los abrazos son casi prohibidos y la muerte está a nuestro alrededor acechando a quienes amamos. Por ello, debemos siempre recordar las palabras de nuestro Salvador y seguir el ejemplo de quienes nos precedieron a través de la historia.

Lo que significó la peste negra para los creyentes del siglo XVI

La peste negra o peste bubónica azotó Europa en el siglo XVI y aunque no hay un dato específico del número de muertos, se aprecia que el tercio de la población perdió la vida en el antiguo continente. En comparación, los números de fallecidos era muy elevados y la medicina de aquella época era muy limitada para tratar millones de enfermos que no sabían la causa de su dolor.
Sin embargo, Dios nunca ha dejado de trabajar en la historia del hombre, independiente de la época o situación, el propósito eterno es que el Dios creador sea conocido y Sus hijos se relacionen con Él, así como lo declaró Jesús: Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17:3). Por lo tanto, el testimonio de Cristo también estuvo presente durante la peste negra. 

Martín Lutero es nuestro claro ejemplo del testimonio de un cristiano en tiempos de pandemia. Lutero le respondió a su amigo el reverendo Johan Hess sobre el tema de huir durante una plaga mortal, quien relató que:

el miedo era un mal aún más terrible que la propia enfermedad. Perturbaba el cerebro de la gente y la empujaba a no preocuparse ni siquiera de sus familias” (LA VANGUARDIA).

La responsabilidad del creyente

“De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”
(Juan 13:35 NVI)

En esta gran carta Martín Lutero muestra que la primera responsabilidad del creyente es el amar. Muchos de los cristianos de la época estaban aterrorizados, tanto así que algunos abandonaron a sus familias, cargos pastorales y responsabilidades por temor a contraer el virus y morir.
Lutero tenía como tarea divina ayudar a quienes estaban contagiados, dándoles medicina y consolando a quienes habían perdido algún ser querido, hospedándolos en su casa y brindándoles apoyo espiritual. Su misión era obedecer las palabras del Creador a quien había declarado su fidelidad y lo hacía aún exponiendo su propia vida.

Hemos sido afectados en casi todas las áreas y que para algunos creyentes de la actualidad esto significa la muerte; viven llenos de miedo, tanto que han olvidado las mismas promesas que acompañaron a todos los cristianos a través de la historia y han abandonado sus responsabilidades como creyentes al dejar de mostrar amor y cuidar de los suyos. 

El temor a lo presente, nos puede llevar a olvidarnos de nuestra responsabilidad de amar y quitarnos el gozo de vivir para Cristo y darlo a conocer, por ello no debemos olvidar nuestra tarea como creyentes en amar, aun cuando nuestras vidas se pongan en riesgo, aun cuando el panorama nos diga lo contrario, debemos amar hasta la muerte, siguiendo el ejemplo de nuestro redentor y de la nube de testigos que tenemos por delante.

La prudencia del creyente

“El hombre prudente ve el peligro y se protege; el imprudente ciegamente avanza y sufre las consecuencias.” (Proverbios 22:3 NBV)

La vida que debemos llevar según los principios bíblicos, es una vida de obediencia en equilibrio. No podemos decir que por el hecho de ser creyentes, nos podemos exponer al peligro sin sufrir las consecuencias.

Martín Lutero escribió al respecto:

…hay que tener cuidado de tentar a Dios. Hay algunos que se creen independientes y confían en que nada les va a ocurrir porque, al final, está en Dios la decisión de traer sanidad o muerte a una persona en razón de un juicio justo. Eso es orgulloso e irresponsable. Alguien puede ignorar la inteligencia y los medios de gracia que Dios creó y correr directo hacia el contagio, lo cual terminará en suicidio o en la muerte de otros que también se contagien.” (David Riaño, BITE Project)

Hay muchos por ahí que siguen el peligro y sufren las consecuencias, que, al tener una responsabilidad espiritual, no consideran el daño que podrían causar a quienes más quieren proteger, terminan siendo necios, opacando la luz que debe alumbrar el camino de los que andan en tinieblas.

Estamos siempre enfrentando las consecuencias de nuestros estilos de vida, al no ser evaluados y decididos sabiamente. Nos enfrentamos a enfermedades cardiovasculares por nuestros malos hábitos alimenticios, nos enfrentamos a desilusiones sentimentales por escoger erradamente nuestras amistades, nos enfrentamos a un contagio viral por ser imprudentes y “probar nuestra fe”. Claro está que pasaremos por aflicciones, es algo de lo que nos advierten las Escrituras, pero no será porque las estemos deseando o buscando, dependerá de la completa soberanía de Dios y de una decisión real de poner en riesgo nuestras vidas por el bien del evangelio y de los que lo necesitan.

La aflicción del creyente

“¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, la persecución, el hambre, la indigencia, el peligro, o la violencia?” (Romanos 8:35 NVI)

No podemos afirmar que no pasaremos por situaciones de tribulación. Al vivir en un mundo caído e imperfecto, siendo una humanidad imperfecta, estamos expuestos a éstas. Es real que podemos contagiarnos y llegar a morir, es real que tal vez sea alguien de nuestra familia o un conocido; sin embargo nuestra fe no puede estar basada en las circunstancias, en algo a lo que estamos expuestos a diario, a un sufrimiento eminente. 

Esto va para aquellos creyentes que hemos sufrido de alguna manera más cercana los estragos del virus; para quienes se han contaminado; para aquellos cuyos familiares están enfermos o fallecidos; para quienes tienen amigos que sufren la pandemia; para nosotros son, estas palabras de aliento de nuestro Creador, quien nos promete que nada de lo que está pasando o vendrá a pasar, nos podrá separar de Su amor.

Hace algunas semanas recibí una noticia de mi familia más cercana que vive en mi país de origen, esta noticia me hizo pensar en lo corta que es nuestra existencia, pero en lo valiosa que es para nuestro Dios. Era una noticia desalentadora, pero una oportunidad más para continuar creciendo en la dependencia de Cristo. Sí, ellos estaban contagiados con el famoso coronavirus. No fue fácil para ellos, ni para mí, puesto que ello se mezclaba con la ola de información falsa y verdadera que abunda en los medios de comunicación; eran pensamientos de temor y de negación al pensar en un desenlace fatal, pero al tiempo era una oportunidad para vivir la fe que siempre predicamos.

Fueron días lindos a pesar del cuadro oscuro; fueron días de restauración emocional, de abrir el corazón y pedir perdón, pero sobre todo, fueron días de reflexión sobre nuestro caminar con Cristo, preguntas como ¿en realidad vivo una vida en dependencia al Señor?, ¿puedo seguir confiando en Él aún en medio del dolor?, ¿he amado de la manera que Él nos amó? En esos días Dios me enseñó de nuevo que nuestra responsabilidad es seguir confiando en Sus promesas y continuar con nuestro caminar cristiano sin apartar nuestra mirada en Él.

Aunque la higuera no florezca, ni haya frutos en las vides; aunque falle la cosecha del olivo, y los campos no produzcan alimentos; aunque en el aprisco no haya ovejas, ni ganado alguno en los establos; aun así, yo me regocijaré en el Señor, ¡me alegraré en Dios, mi libertador! El Señor omnipotente es mi fuerza; da a mis pies la ligereza de una gacela y me hace caminar por las alturas.” (Habacuc 3:17-19)

Puedo agradecer porque mi familia hoy ha superado el virus sin problemas mayores y hemos crecido juntos, pero no es la historia de todos; algunos han perdidos sus seres queridos a causa de ello y se encuentran en un tiempo de duelo, es allí que la iglesia sigue cobrando vida, sigue alentando los corazones quebrantados, sigue dando consuelo y mostrando amor; es nuestra oportunidad de ser iglesia, una iglesia viva que es muestra de un Dios personal que se importa e involucra con Sus hijos, es un tiempo muy importante y decisivo. Y tú creyente, ¿cómo vives esta pandemia?

 

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