¿Somos Salvos Solo Por La Fe?

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Hace unos 500 años, el tema que se debatió ferozmente, al comienzo de la Reforma entre protestantes y católicos romanos, fue cómo una persona podría ser salvada de sus pecados. Desafortunadamente, en la actualidad, muchos cristianos ven lo que sucedió en la Reforma como algo insignificante. «Realmente no necesitamos ese tipo de división hoy, ¿cierto? ¿Por qué no podemos todos amar a Jesús y llevarnos bien?», lo que no comprenden es que la manera en que somos salvos es completamente crucial para la esencia del cristianismo mismo. «No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la ley, Cristo habría muerto en vano» (Gálatas 2:21).

¿DE QUÉ NECESITAMOS SER SALVADOS?

Primeramente, debemos comprender la naturaleza de Dios, lo que nos exige su Ley, nuestros pecados y la justicia de Dios. Él es santo. Su santidad se refiere a su perfección moral. No hay maldad alguna en Dios, y todo lo que él hace y ordena es bueno. La Ley (los diez mandamientos) se refiere a lo que Dios demanda moralmente de aquellos creados a su imagen. Como Dios es santo, los portadores de su imagen también deben ser santos. Él nos pide que lo amemos con todo nuestro corazón, alma, mente y con todas nuestras fuerzas; además, que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos si queremos tener vida eterna (Lucas 10:25-28). Por lo tanto, debemos poner la mirada en Dios y en el prójimo.

Los diez mandamientos nos muestran exactamente cómo debemos amar a Dios y al prójimo. Para amar a Dios, no debes adorar a otros dioses, ni tener ídolos, ni mucho menos tomar su nombre en vano y debes honrar el sabbat, que es el día en que Dios descansó después de haber creado al mundo. Amar a nuestro prójimo significa honrar a nuestros padres, no matar, no cometer adulterio, no robar, no mentir, ni codiciar las pertenencias de los demás. No necesitas tener una Biblia para saber estas cosas. Todos, independientemente de su formación religiosa, saben que no deben robar, matar o mentir. Eso se debe a que Dios ha escrito su Ley en el corazón de todos (Romanos 2:15). Aun si no eres cristiano, tu conciencia te dice que no es correcto mentirle a un amigo o a tu jefe.

Quizá pienses: «Bueno, creo en Dios y nunca he cometido adulterio, matado, ni robado algo antes. He cumplido con los mandamientos», ¿cierto? Pero cumplir con los mandamientos implica más que solo eso. Jesús enseña que, incluso, si has deseado el cuerpo de otra persona, has cometido adulterio con esa persona en tu corazón (Mateo 5:28). Él enseña que, si alguna vez te has enojado con alguien sin ninguna razón justa, estás expuesto al juicio de Dios (Mateo 5:22). Probablemente no has robado nada antes, pero no le has dado a los demás lo que realmente ameritan. Seamos sinceros, no siempre has honrado a tus padres ni has dejado al lado los celos en algunas circunstancias.

En lo que se refiere a Dios, has pensado o dicho cosas falsas acerca de él. No te has inclinado ante ningún ídolo, pero, seguramente, has puesto tu confianza en el dinero, en la educación o en alguna persona. Y no honras ni adoras a Dios como el creador y sustentador de la vida.
¿Por qué violamos la Ley de Dios? Es porque somos pecadores. El pecado es una condición que nos fue heredada de Adán. Él desobedeció a Dios por comer el fruto del árbol del bien y del mal, y corrompió, a su vez, la Tierra. Nacemos, naturalmente, en rebelión contra Dios. Nuestra naturaleza pecaminosa desea violar la Ley de Dios. Debido a que hemos violado la Ley, merecemos ser castigados. Como Dios es santo y justo, debe castigar el pecado. Si Dios no castigara el pecado en absoluto o dejara pasar algunos pecados, él no sería justo y no tendríamos ningún fundamento o ejemplo de la justicia en la sociedad. Él amenaza a los pecadores con derramar su ira sobre ellos por toda la eternidad (Romanos 2: 6-11). No hay una cantidad de buenas obras que podamos hacer que puedan cambiar esta realidad.

¿QUIÉN ES NUESTRO SALVADOR Y QUÉ ES LO QUE HA HECHO?

La buena noticia es esta: «Pero, cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de que fuéramos adoptados como hijos» (Gálatas 4:4-5). Dios el Padre envió a Dios el Hijo para hacerse un humano como nosotros, pero sin pecado, para ser perfectamente obediente a la Ley que nos fue dada y para que entregara su vida como rescate para redimirnos de la maldición de la Ley (Gálatas 3:3), haciendo posible la comunión con Dios.

Que el Padre enviara a su Hijo tiene un significado profundo, porque Dios hubiera sido perfectamente justo en dejarnos morir a todos en nuestros pecados. Pero Él decidió tener misericordia con sus enemigos tomando el castigo que ellos merecían para que fueran hechos hijos e hijas de su reino. Jesús sufrió en este mundo caído para poder guardar la Ley en lugar de los pecadores y soportó la ira de Dios en la cruz. Jesús se levantó de la tumba al tercer día para que pecadores como nosotros puedan resucitar con Él a una vida nueva. Él amó perfectamente a Dios con todo su corazón, alma, mente y fuerzas, y amó a su prójimo como a sí mismo, de modo que Dios considerase su obediencia a los que creen en Él y, gratuitamente, les diese la recompensa de la vida eterna (2 Corintios 5:21).

La justicia que Dios requiere de nosotros en la Ley, él la provee gratuitamente en el Evangelio. En la cruz, Dios contó los pecados de todos en Cristo mismo, para que él fuera condenado y soportara la ira de Dios para todo el que cree. La maldición que la Ley demanda sobre todos sus infractores, el Evangelio la cancela en Cristo. Jesús se levantó de la muerte para que todas estas promesas fueran reales para todo aquel que cree, prometiendo volver otra vez para dar a su pueblo cuerpos glorificados como el suyo y traer un nuevo cielo y una tierra nueva (1 Corintios 15:17-19,49; Apocalipsis 21:1).

¿CÓMO RECIBIMOS LOS BENEFICIOS DE CRISTO?

No hay nada que podamos hacer para recibir lo que Cristo hizo por los pecadores. «Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige» (Romanos 3:28). No debemos ser obedientes a la Ley para ser justificados. De hecho, Pablo dijo: «Sin embargo, al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia» (Romanos 4:5). Un santo y justo Dios justifica al impío. Dios no requiere una transformación moral o personal para que alguien sea declarado justo en el juicio de Dios. Esto no es una contradicción porque él justifica al impío sobre la base de la vida, muerte y resurrección de Cristo. No hacemos nada, pero recibimos y descansamos en Cristo para el perdón de nuestros pecados y la obtención de su justicia para nosotros. Somos salvos solo por fe porque el objeto de nuestra fe, Jesucristo, es el único que logró la salvación.

¿QUÉ HAY ACERCA DE LA OBRAS?

Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? […] Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta […] Como pueden ver, a una persona se la declara justa por las obras, y no solo por la fe (Santiago 2: 14, 17, 24).
Los católicos romanos y los mormones trajeron a colación este pasaje del libro de Santiago para refutar a la doctrina protestante de la justificación de la fe. Esto es absurdo, ya que ignoran todo el corpus paulino por el bien de algunos versículos de Santiago 2. Deberían entonces confesar que Santiago y Pablo se contradecían. No obstante, ¿qué debemos hacer con estos versículos? Por ejemplo, la teología de la Reforma nunca ha confesado una fe que no hace obras. La segunda Confesión de Londres enseña:

La fe que recibe y descansa en Cristo y en su justicia, es el único instrumento de justificación; sin embargo, no está solo en la persona justificada, sino que siempre está acompañada con todas las demás gracias salvadoras, y no es una fe muerta, sino obras por amor.
En pocas palabras, aquellos que creen en Jesús van a amar a Dios y a los demás. Si no hacemos buenas obras (estaríamos en rebelión impenitente contra Dios), nuestra fe no sería fe en absoluto. Cuando Santiago dijo que estamos justificados por las obras y no solo por la fe, es bueno destacar que, en el versículo 24, él dice «Como pueden ver». Él se refiere a la iglesia. La forma en que la iglesia entiende quién es y quién no es un cristiano, es por las obras que ellos hacen. Las buenas obras reivindican la verdadera fe. Si alguien que profesa ser cristiano persiste en pecado impenitente, entonces la iglesia puede saber que esa persona no está en la fe y necesita amor y disciplina.La Seguridad De

LA SALVACIÓN

Aunque las buenas obras son buenas, haríamos bien en escuchar las palabras del gran reformador francés Juan Calvino: «Cuando alguien se esfuerza por buscar la tranquilidad de la conciencia por obras (que es el caso de los hombres profanos e ignorantes), él lo trabaja en vano; porque su corazón está dormido por su desprecio u olvido del juicio de Dios o, de lo contrario, está lleno de temblores y temor, hasta que descansa sobre Cristo, que es nuestra única paz».

Incluso después de creer en Cristo, seguimos siendo pecadores que hacen cosas inicuas. Esta era la lucha interna de Pablo: No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco […] ¡Soy un pobre miserable! (Romanos 7:15, 24).

Este es un pecador arrepentido. El arrepentimiento no significa «dejar de pecar». La palabra griega para arrepentimiento es metanoia (meta significa ‘cambio’ y nous, ‘mente’). Entonces, arrepentimiento significa «un cambio de mente». Deja de pensar que eres bueno y que el pecado es bueno, y cree la verdad: eres un pecador y la Ley de Dios es buena (Romanos 7:22). Arrepentirse también incluye un dolor y odio divinos por haber ofendido a nuestro Padre, sin embargo, en medio de nuestro pesar y frustración con nuestro pecado, preguntamos junto con Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo mortal?» y podemos responder con gozo con él: «¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor!» (Romanos 7:25). Jesús es nuestro gran Libertador, nuestra paz. Podemos descansar en él porque nuestra salvación no se encuentra en nuestras buenas obras o en nuestra victoria sobre el pecado, sino en la vida, muerte, resurrección y ascensión de Cristo por nosotros.